RELATOS CORTOS: La noche del embrujo, por Maria Florinda Loreto Yoris.

Alana y yo nos conocimos hace diez años y aún no he podido olvidarla. Nos vimos por primera vez el 31 de octubre, cuando yo tenía 21 años y ella apenas 19.

Era hermosa, bella diría yo. Su piel nacarada y el ámbar de sus ojos almendrados me cautivaron. Como un par de luceros, parecían lanzar destellos en medio de la noche. Su melena de ébano, ligeramente ondulada, caía en capas cubriéndole toda la espalda. Su aire intelectual, sus ademanes de chica culta y su actitud despreocupada encendieron inmediatamente mi curiosidad. Bien podía estarme mintiendo que de todas formas yo ya había caído en su red.

En aquella época yo estaba solo, había tenido dos o tres relaciones intrascendentes y mis compinches de la universidad me invitaron a una fiesta que otra compañera nuestra celebraría en su casa, con motivo de la noche de brujas. Al principio me resistí porque confieso que prefería quedarme en casa entregado a los videojuegos. Sin embargo, me dejé convencer y asistí, sin imaginarme que esa velada, prácticamente, me cambiaría la vida para siempre.

A pesar de ser un noctámbulo y romántico empedernido, la luna llena no tuvo un significado pleno para mí hasta aquella noche en la que conocí a Alana. Puedo reproducir en mi mente aquel instante mágico como si hubiese ocurrido ayer.

Desde afuera podía escucharse el bullicio. Yo había quedado con mis amigos en que permanecería en la fiesta a lo sumo dos horas y que si me aburría me devolvería inmediatamente a casa. Ellos accedieron sin problema y me garantizaron el regreso.

La puerta de la casa estaba abierta y uno de los invitados nos condujo hasta la terraza donde se encontraban todos reunidos. Se podían ver grupitos dispersos y la bulla era tal que era necesario hablarse casi al oído. Eso me convino.

Después de las presentaciones de rigor, mis ojos, como radares, detectaron a Alana al fondo de la terraza. La noche estaba despejada y la luna llena podía apreciarse en todo su esplendor. Su luz blanquecina bañaba el lugar y avivaba el magnetismo de aquel ser que acababa de impactar mis sentidos. Estaba parada al pie de la jardinera, justo al lado del farol. No pude esperar a que alguien nos presentara, me acerqué inmediatamente a buscar conversación y, de ahí en adelante, perdí la noción del tiempo.

La conversación se prolongó durante toda la madrugada y tuve la impresión de haber entrado en una dimensión atemporal. Escuchaba la música al fondo como algo muy lejano, yo estaba completamente embriagado sin haber bebido siquiera una gota de alcohol. Hablamos de todo un poco, dentro de la normalidad de lo que podría interesarle a un par de veinteañeros que estaban tratando de impresionarse el uno al otro, pero lo que me tenía hipnotizado era el halo de misterio que envolvía a Alana.

Al cabo de dos o tres horas de charla ininterrumpida, si bien todo marchaba viento en popa, al menos eso me hacía creer ella, no sé por qué tuve el pálpito de que algo muy íntimo le impediría a Alana, de por vida, mantener una relación estable con un hombre. Pero para mí ya era tarde para retroceder en mi intención de conquistarla.

Sin darnos cuenta, la luz del día llegó. Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a darnos en el rostro, noté algo de lo que no me había percatado durante la noche y que me erizó hasta el cuero cabelludo.

Al mirar a Alana fijamente a los ojos, me di cuenta de que en el centro de cada uno de ellos bailaban unos diminutos haces de luz rojiza, como si fueran pequeñas brasas. Su piel lucía translúcida y su sonrisa empezó a ser más discreta, como queriendo ocultar su dentadura. La sorpresa me embargó pero no me atreví a juzgarla. A los 21 años yo sólo sabía que me había enamorado y que, aunque no volviera a verla jamás en mi vida, esa noche quedaría para siempre en mi memoria. Por eso la besé.

Después de conocer a Alana, me quedó la certeza de que nunca puedes saber del todo si con quien hablas es un ser de este mundo. Los entes provenientes de otras dimensiones tienen en común que parecen reales, hablan como humanos y actúan como nosotros, así que para reconocerles hace falta prestar atención a detalles que suelen pasar desapercibidos. Al final, y aún en medio de la inmadurez propia de mi juventud, yo tuve razón en que algo muy íntimo le impediría a mi amada tener una relación estable con un hombre. No me equivoqué: no supe más de ella ni tampoco pude olvidarla.

Desde entonces, cada plenilunio elevo mis ojos al cielo con la esperanza de revivir aquella velada mágica, y no sé si será producto de mis ansias pero siempre me parece ver a Alana cruzar el firmamento, como para insistirme en que sólo deseaba ser amada y pedirme perdón por su más grande mentira, por haberme hecho creer que era humana y que nuestro amor cristalizaría.

Ella sólo quería sentirse amada y yo la amé desde el primer instante de aquella noche de embrujo en la que quise hacerla mía.

Este relato forma parte de la Antología Media naranja Medio limón, disponible en https://hojaenblancotaller.blogspot.com/?fbclid=IwAR1EeKFQfbVsRublsjCZAQ5meYhLTvpfZmnPT1ZQ7ZpVt5ApwAKBzARMX0I

Maria Florinda Loreto Yoris

http://www.elsellodelescritor.wordpress.com

Facebook: Maria Florinda Loreto Yoris Escritora

Twitter: @mariafloreto

Instagram: @mariafloreto

Publicado por Cleider Araujo Alarcón

Director General de Creadores de Letras Emergentes, una iniciativa cuyo propósito principal es contribuir con la formación y la proyección de los nuevos talentos, en el campo de la cultura y las artes en general.

7 comentarios sobre “RELATOS CORTOS: La noche del embrujo, por Maria Florinda Loreto Yoris.

  1. Exquisito relato corto; no solo por su narrativa, tambien por la espontaneidad de los protagonistas. No considero que haya sido una malformación de la realidad; vaya a saber cuantos se dicen humanos y en realidad no lo son…La verdad objetiva, se encuentra solo en los libros…y hasta ahí. Un cálido saludo.

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